Me gusta escribir. Corrección: me encanta escribir. Siento que lo llevo en la sangre. Es algo que nace desde el fondo de mi corazón y me ataca en los momentos menos esperados.
Hoy pensaba, mientras estaba en el baño con mi café y mi pucho: ¿por qué tengo que escribir cuando estoy deprimida? Si tengo el talento, supuestamente y según algunos, debo escribir sin importar si me inspiro en la pena o depresión, o si me inspiro en un buen día.
Tengo mucho por contar de mí, pero me cierro mucho. Me cuesta abrirme... liberarme o desahogarme. Hace mucho tiempo que no lo hago. Hace unas semanas comencé un taller de introducción a la actuación en el TUC y me di cuenta de muchísimas cosas. Una de ellas es que me he cerrado al mundo de tal manera que no logro conectarme con la gente que me rodea. Me siento intimidada y hasta asustada. Me resulta poco más que aterrador sentirme expuesta y hasta el intentar conectarme con alguna persona me siento invadida.
Al mismo tiempo jamás me sentí más liberada al correr descalza por todo el salón jugando a las chapadas, chapadas chicle, encantados y jugando en el espacio, creando danzas y sintiendo mi cuerpo. Pero llegó el momento de exponerme y hacer... y expresarme frente a todos y me paralicé. Me asusté y solo me fui a un rincón, evité llorar y aguanté hasta salir del aula.
¿Por qué tengo tanto miedo a exponerme? ¿Por qué tengo tanto miedo a conectarme con las personas? Puedo liberarme frente a un teclado, un cuaderno o un libro, pero nada más. Resulta hasta frustrante. Tengo tanto por decir y no puedo...
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